26/08/2024
EL TRIUNFO DE MADURO
Todas las revoluciones han despertado enormes pasiones humanas, ya sea a favor o en contra. En esos procesos de ruptura con el pasado y búsqueda de lo nuevo nada es perfecto, todo es una continua lucha sin tregua ni pausa entre lo viejo que resiste y lo nuevo que pugna por entrar a la historia.
En esa lucha la tiranía de la vida rutinaria y monótona es sacudida desde sus raíces, los indiferentes de pensamiento pierden la comodidad de la resignación al tiempo que los espíritus derrotistas, que gustan arrastrarse bajo el peso de la costumbre y van con la cabeza mirando el suelo y murmurando en silencio "no hay nada nuevo bajo el sol", son condenados por la historia al paredón del olvido.
Así fue con la primera gran revolución proletaria del octubre rojo; se repitió cuando los barbudos de Sierra Maestra entraron victoriosos a La Habana; lo vivimos cuando esos jóvenes intrépidos arropados en su bandera roja y negra lograron lo imposible e hicieron que el protegido del imperio -el dictador Somosa- pusiera pies en polvorosa. Y ahora ese manido guión se repite en Venezuela y no es sorpresa que quienes tienen miedo al cambio, porque según ellos no es perfecto ni se parece a lo que en su juventud imaginaban, al final terminan defendiendo lo viejo. La vida siempre pone las cosas en su sitio.
Claro que en ese interegno hubo grandes y dolorosas derrotas: Allende en Chile, Jacobo Árbenz en Guatemala, Maurice Bishop en Grenada. Procesos que terminaron en un baño de sangre y fueron derrotados no por sus pueblos, sino por la acción directa del imperialismo yanqui. Eso es historia real y no un mero cuento "made in Hollywood".
Por eso no es extraño que en Venezuela la creciente polarización política está conduciendo indefectiblemente a un tiempo de definiciones. Y en ese escenario cuando lo viejo ya no tiene argumentos nuevos y los matices de pensamiento se van diluyendo, el topo de la historia -tarde o temprano- obligará a tomar partido: a favor o en contra de la historia.
Tomar posición a favor significa asumir una visión crítica sobre el proceso bolivariano, saber distinguir lo principal de lo secundario y tener el temple y honestidad intelectual para explicar el por qué de los hechos. No se lucha contra la viejo aferrándose a la nostalgia del pasado.
Y en esa despiadada disputa por el relato muchas veces lo más simple, lo más sencillo y lo más cómodo es repetir lo que el poder mediático -controlado por el imperio- difunde como su verdad absoluta: Maduro es un dictador y sanseacabo. Para ello basta leer cualquier periódico, ver cualquier canal de tv o navegar por las redes sociales para saber quién es el mu**to y por donde va el sepelio venezolano.
Cuando se pierde esa visión crítica y el análisis carece de objetividad y rigurosidad intelectual, la capacidad de disciplinar el pensamiento y generar una unanimidad de criterios impuestos por el poder imperial es simplemente aterrador.
Desde que Hugo Chávez ganara las elecciones en 1999, una suerte de enfermedad mental se apoderó no solo de la derecha venezolana sino de sus pares internacionales hasta convertirse en una obsesión que los ha conducido a un callejón sin salida.
Para el imperio Maduro es -per se- un dictador porque sigue la política trazada por Hugo Chávez que afectó directamente los intereses geopolíticos del imperio que controlaba el petróleo venezolano. Y eso Washington no olvida ni perdona. En el balance del imperio los dólares valen más que una vida humana.
La pregunta del millón ¿Si Maduro decidiera volver a entregar el petróleo a los Estados Unidos, seguiría siendo un dictador?
De ahí que no es un cuento afirmar que la verdadera oposición a Maduro no está en Caracas sino en Washington y en sus sumisas ramificaciones mundiales. A Washington le espanta el proceso bolivariano por el tema del petróleo, por su política económica independiente, por su posición en la arena mundial y por el efecto dominó que podría tener una Venezuela próspera, pero no le interesa lo que Bukele hace en El Salvador ni el desmadre social y económico que Milei o Noboa vienen generando en sus países o los as*****tos de Dina. Y esto sin mencionar el apoyo que brinda al brutal genocidio israelí contra los palestinos.
Para Washington Netanyahu, Bukele, Milei, Dina y Noboa son demócratas, el dictador a derrocar es Maduro.
Estados Unidos quiere derrocar a Maduro pero no sabe cómo. Bueno si sabe, pero las cuentas le salen muy altas.
Neutralizado -¿por el momento?- una intervención directa, la Casa Blanca se decantó por una "guerra de posiciones" con el objetivo de desgastar y debilitar el proceso bolivariano y empujar a que el pueblo venezolano se rebele contra el gobierno. La cruel política de sanciones económicas, el aislamiento internacional y el apoyo total a la oposición venezolana buscan ese objetivo.
Por eso no hace mucho se inventaron a Guaidó, desconocieron a Maduro y se esforzaron por dividir a las fuerzas armadas venezolanas para forzar la caída de Maduro. Pero fueron tan torpes que fracasaron y el autonombrado, al que reconocieron como presidente, desapareció con más pena y ninguna gloria. No hubo ni una sola autocrítica de esa política suicida implementada por el imperio. Desaparecido Guaidó apostaron por lo mismo con Machado. Y a seguir pateando adelante y esperar agazapado para dar un nuevo zarpazo.
Esa oportunidad apareció con la convocatoria a elecciones presidenciales. El imperio hizo todo lo posible para enturbiar ese proceso y crear un clima de violencia. No olvidemos que Venezuela vive un periodo de creciente polarización política y la oposición ultra derechista siempre ha estado más interesada en crear las condiciones de caos y violencia para lograr una intervención militar que en utilizar la lucha democrática para recuperar el poder. La misma Machado, de manera pública y reiterada, ha declarado que la única manera de sacar a Maduro del gobierno es que USA envíe sus marines a Venezuela.
Para horror del imperio el proceso electoral venezolano fue más limpio y democrático que lo vivido en El Salvador de Bukele o cuando Keiko fue derrotada por Castillo. Las elecciones venezolanas se realizaron bajo la mirada implacable de casi todo el mundo y el pueblo venezolano asistió de manera pacífica a votar.
La reacción de la oposición, declarándose ganadora y luego denunciando un supuesto fraude, no creo que haya sorprendido a nadie que minimamente conoce la situación política de Venezuela. La oposición nunca reconoció sus derrotas ni tampoco presentaron las pruebas de los supuestos fraudes electorales. Lo suyo es tratar de hacer ruído para no perder el apoyo internacional.
Lo que sí ha sorprendido es que luego de atribuirse que obtuvieron casi 8 millones de votos, esa supuesta masa de votantes no se manifestara masivamente en las calles ni salieran a defender su voto. Quisieron incendiar Caracas y no tuvieron los bidones ni las cerillas.
Como dijimos, Venezuela vive desde hace tiempo un creciente periodo de polarización y enfrentamiento político y donde un fraude de las dimensiones denunciadas por la oposición hubieran convertido Caracas en una inmensa hoguera y la cabeza del "dictador" Maduro hubiera rodado como una pelota de trapo.
El verdadero fraude lo montaron los que pretenden desconocer toda la institucionalidad democrática que existe en Venezuela. E imperio fracasó nuevamente en sus intentos de derrocar a Maduro.
Superado el momento político post electoral, la Casa Blanca se encuentra en una posición defensiva y abocada a una desesperada e infructuosa guerra de comunicados. El chiste se cuenta solo, los gobiernos que reconocieron a Guaidó como presidente autonombrado pretender arrogarse una supuesta autoridad moral y política para pretender dar legitimidad al proceso electoral venezolano.
Lamentablemente construir una nueva sociedad significa vencer la resistencia de lo viejo que siempre se negará a morir y, por más deseos que tengamos, este proceso nunca será visto como "una fiesta de ángeles". Construir el socialismo es una obra humana llena de errores, defectos y algunas virtudes. La principal: ser siempre leal a los intereses de los pueblos.
En Venezuela ganó Maduro en buena lid. La lucha continúa. El imperio sigue al acecho.