19/02/2026
Aula 104. Noche de exposiciones finales. Todos llevan camisa planchada, corbata y zapatos lustrados.
Él lleva zapatos talla 50, peluca de colores y una sonrisa pintada que no se borra con los nervios.
Se hace llamar "Payapito" en los semáforos y fiestas infantiles. Aquí, es solo un alumno que se juega el semestre.
No es un performance artístico. Es la realidad cruda del estudiante latinoamericano: el horario de salida del trabajo se come al horario de entrada a la clase. No hubo tiempo para el agua y jabón.
Cuando el profesor llamó su nombre, hubo un silencio incómodo. Algunos prepararon el celular para burlarse.
Él se paró frente al proyector. No pidió perdón por su aspecto.
—"Oiga, caballero"— comenzó, con la seguridad escénica que solo te da haber domado a treinta niños gritando por azúcar.
Expuso su tema con la misma precisión con la que hace globoflexia.
Habló de cifras y teorías, demostrando que el maquillaje cubre la piel, pero no el cerebro.
Esa noche, la clase entendió la lección más importante: la seriedad profesional no se mide por el color de tu corbata, sino por las ganas que tienes de superarte.
Vergüenza es robar. Vergüenza es mentir.
Pararse frente a un auditorio con la cara pintada para asegurar tu futuro, eso se llama dignidad.