03/07/2026
NO ME ESTABA MURIENDO JUNTO AL CAMINO. EL TERROR HIZO QUE MI CUERPO HICIERA DE MU**TO PARA QUE DEJARAS DE ACERCARTE.
Me viste tirado de lado.
Con la boca abierta.
Los ojos medio perdidos.
El cuerpo inmóvil.
Tal vez hasta un poco de baba.
Tal vez un olor desagradable.
Y pensaste:
“Está rabioso.”
“Lo envenenaron.”
“Ya se está muriendo.”
“Hay que rematarlo antes de que se levante.”
Pero yo no me estaba muriendo.
Estaba haciendo lo único que mi cuerpo supo hacer cuando creyó que ya no había salida.
Soy un tlacuache.
Y no siempre gano corriendo.
No tengo garras enormes para pelear contigo.
No soy rápido como un conejo.
No salto como un gato.
Muchas noches me muevo despacio, buscando fruta caída, insectos, huevos, pequeños animales o restos de comida cerca del monte, de los huertos, de los caminos y de los pueblos.
Y cuando algo me descubre demasiado cerca, primero intento huir.
Pero si me cierras el paso…
si me alumbras…
si me gritas…
si me acorralas con una pala, una escoba o un palo…
mi cuerpo puede caer en otra defensa.
Una defensa que desde fuera parece muerte.
No parece una batalla. Pero lo es.
Porque yo no decido hacerlo como quien actúa una escena.
No me “hago” el mu**to por diversión.
El miedo me apaga.
Mi cuerpo se pone rígido o flojo.
La boca se abre.
La lengua puede asomarse.
Puedo soltar saliva.
Puedo liberar un olor fuerte.
Y quedarme inmóvil durante bastante tiempo.
No para engañarte con inteligencia humana.
Sino porque, para muchos depredadores, un cuerpo inmóvil, maloliente y sin reacción deja de parecer una presa deseable.
Eso puede salvarme en el monte.
Pero contigo, muchas veces me condena.
Porque tú me ves así…
y crees que confirmas lo peor.
Que estoy enfermo.
Que soy peligroso.
Que ya “de todos modos” me voy a morir.
Entonces llega la piedra.
La pala.
El agua.
El intento de arrastrarme con algo para tirarme lejos.
Y lo más triste es esto:
cuando por fin me golpeas, yo ni siquiera estaba atacando.
Ni siquiera estaba persiguiéndote.
Ni siquiera podía explicarte que el cuerpo quieto que te daba miedo…
en realidad estaba paralizado por el miedo que tú me dabas a mí.
Eso es lo más cruel de esta defensa.
Nació para darme una última oportunidad.
Pero frente a las personas, muchas veces se convierte en la razón por la que no me la dan.
Yo no llegué junto al camino porque quisiera asustarte.
Tal vez seguía el olor de una guayaba caída.
Tal vez buscaba insectos en la orilla húmeda.
Tal vez cruzaba entre dos fragmentos de vegetación.
Tal vez había salido más temprano porque el calor de la noche me permitía moverme mejor.
Y entonces tu luz me encontró antes de que yo encontrara un hueco donde esconderme.
Si ves un tlacuache inmóvil, con la boca abierta y aspecto de “mu**to”, no lo golpees y no lo remates.
Dale espacio.
Baja la luz.
Aleja a curiosos y mascotas.
No intentes tocarlo ni comprobar con la mano si “sigue vivo”.
Muchas veces, si se siente seguro, terminará recuperándose y se irá por sí mismo.
Solo si tiene sangre visible, fracturas, moscas, heridas graves o fue atropellado, contacta a rescate de fauna o a una autoridad ambiental.
Porque yo no me estaba muriendo junto al camino.
Me estaba apagando de terror.
Tú veías un cuerpo vencido.
Yo todavía estaba esperando que, si dejabas de acercarte,
el mundo me diera un minuto más
para volver a levantarme y desaparecer en la oscuridad.