10/07/2026
Con cuidado.. bebes
♦️😔🙏🏻 Muchas veces le pedí a mi hijo que no se comprara una moto, pero él nunca me hizo caso.
Acababa de entrar a trabajar por la zona de Santa Fe. Le quedaba lejísimos de la casa y, como al año, me dijo que quería comprarse una moto para ya no perder tanto tiempo en el tráfico.
Yo nunca he sido una mamá que les prohíba todo a sus hijos. Siempre he pensado que cada quien tiene que tomar sus propias decisiones. Pero con eso de la moto, desde el principio sentí un miedo que no me podía quitar.
Total, fue y se compró una Italika a crédito. Estaba feliz con ella. Al principio ni siquiera salía lejos; se daba vueltas por la colonia y me decía que primero tenía que agarrarle confianza antes de aventarse recorridos largos.
Mientras él andaba emocionado, yo por dentro le rogaba a Dios que no le fuera a pasar nada.
Un día regresó todo raspado porque se había caído. No fue algo grave, pero para mí fue suficiente para volver a insistirle que mejor la vendiera o que, si tanto le gustaban las motos, la usara solo para pasear de vez en cuando. Él nomás se reía y me decía que había sido una caída leve, que eso les pasaba a todos los que empezaban.
Después dejó de usarla unas semanas mientras la mandaban a reparar. Al poco tiempo decidió venderla porque, según él, quería una moto más grande y más estable. Decía que era mucho mejor que la anterior.
Con esa estuvo como un año. Todos los días iba y venía del trabajo. Poco a poco mi miedo se fue haciendo costumbre. Ya era normal escuchar el motor cuando llegaba en las noches o abrirle el zaguán cuando tocaba.
En temporada de lluvias casi siempre llegaba tarde porque prefería esperar a que bajara un poco el tráfico. Lo normal era que llegara como a las diez de la noche.
Pero un jueves dieron las once y no llegaba.
Después las doce.
Le marqué muchas veces y no contestaba. También le mandé mensajes por WhatsApp, pero ya ni siquiera le entraban.
Creo que cualquier mamá sabe la angustia que se siente cuando un hijo no aparece.
Dieron la una... luego las dos de la mañana... y yo ya no podía estar sentada. Caminaba de un lado a otro en la sala con el teléfono en la mano, marcándole una y otra vez, pero todas las llamadas daban tono pero después directo al buzón.
Como a las tres de la mañana por fin sonó mi celular.
Era un número que no conocía.
Contesté rapidísimo pensando que era mi hijo, que tal vez se le había descompuesto la moto o necesitaba ayuda.
Pero era la voz de un hombre.
Me preguntó si yo era familiar de un chico con la moto del modelo tal.
Entonces me dijo que mi hijo había sufrido un accidente y que necesitaban que me presentara en el Ministerio Público lo antes posible.
Yo solo le preguntaba si estaba vivo, si lo habían llevado a un hospital, dónde estaba... pero el oficial únicamente me repetía que fuera de inmediato.
Sentí que el mundo se me vino encima.
Ni siquiera recuerdo cómo llegué. Solo sé que tomé un taxi. Mi hermano alcanzó a reunirse conmigo allá.
Un policía nos pasó a una oficina y empezó a pedir los documentos de mi hijo.
Yo llorando le suplicaba que me dijera dónde estaba, que quería verlo, que alguien me explicara qué estaba pasando.
Me hicieron esperar un rato que se me hizo eterno.
Firmé papeles.
Respondí preguntas que ni siquiera entendía.
Hasta que un señor se sentó frente a mí, bajó la mirada y me dijo que lo sentía mucho, pero que mi hijo no había sobrevivido.
Después nos explicaron que, por el pavimento mojado y la velocidad, la moto derrapó. Perdió el control y terminó impactándose contra el muro de contención. Me dijeron que, aunque llevaba casco, el golpe había sido demasiado fuerte.
Después de eso me llevaron a reconocerlo.
No quiero volver a acordarme de ese cuarto del SEMEFO.
Ver a mi muchacho acostado sobre una plancha, inmóvil y lleno de golpes, es una imagen que nunca se me va a borrar de la cabeza.
Hay cosas de las que una madre jamás se recupera.
Luego nos explicaron que teníamos que contactar una funeraria para hacer todos los trámites.
Yo en ese momento no entendía nada. Solo hacía lo que me iban diciendo.
Horas después por fin nos lo entregaron y pudimos velarlo.
Ya no escucho el ruido de su moto cuando entra a la calle.
Ya no tengo a quién esperar despierta ni a quién calentarle la cena cuando llega del trabajo.
Escribo esto porque todos los días veo muchachos manejando como si nada pudiera pasarles. Se meten entre los carros, aceleran de más y creen que un accidente solo les ocurre a los demás.
Y a las mamás se los digo de corazón: hablen con sus hijos. Háganles entender el riesgo que implica una moto. A veces uno piensa que solo quiere llegar más rápido o evitar el tráfico, pero la vida puede cambiar en un solo segundo.