15/05/2026
Con los años aprendí la nobleza de ser maestra de danza y de lo que significa el acompañamiento en cada etapa de mis alumnas, entendí el privilegio que me otorgan sus padres al permitirme verlas crecer.
El salón de danza se vuelve tu lugar seguro y feliz si tienes la constancia, paciencia y determinación para descubrirlo.
En el colegio se despiden de su maestra/o cada año, agradecen lo aprendido y continúan con alguien más.
Aquí en el estudio la cosa ha sido diferente, han crecido a mi lado. Recuerdo cuando mudaron su primer diente, su emoción por conocer la playa por primera vez, su cara con el primer split y unos años más adelante verlas girar como trompos porque han alcanzamos madurez en su movimiento y en su persona.
He acompañado sus crisis existenciales, de personalidad, sus corazones rotos… la danza siempre ha sido un refugio muy bello para todo ese cúmulo de emociones que atraviesan a los 12.
Cuando llegan con brakets 🥹 y su primera racha de no querer quitarse la sudadera (que todos sabemos por qué es).
Todas las semanas escucho un “te amo, maestra” y para mí es como si me pusieran estrellita en la frente.
Es valiosísimo verlas más fuertes, flexibles y determinadas, pero el verdadero premio está en verlas seguras de sí mismas, creciendo en un espacio que he creado con amor para hacerlas sentir empoderadas, alegres, para ser ellas mismas.
No puedo afirmar que mi docencia ha sido perfecta, soy un humano que también está cargado de emociones, se estresa y tiene adversidades.
Pero lo más bonito de ser su maestra es que no importa qué tan retador haya sido el día, yo siempre, siempre, siempre me voy de Prima Ballerina con una sonrisa.
Y eso solo es gracias a ustedes.
Gracias por permitirme ser su maestra un año más. 🥹❤️