31/01/2026
La casa estaba al fondo del camino, como si también quisiera esconderse. Tenía el piso de concreto cuarteado y húmedo, y un olor espeso que se pegaba a la ropa. La familia vivía con lo justo, tan acostumbrada a la escasez que ya no parecía notarla. Sus manos, su ropa y sus rostros llevaban la misma marca de descuido que las paredes manchadas.
Cuando la prima de once años llegó de visita, miró todo con curiosidad y un poco de miedo. Por las noches escuchaba ruidos extraños. Un gruñido, un chillido, pasos pequeños. Juraba haber visto, al amanecer, cómo de debajo de una cama salían cochinos, perros y gatos, como si el suelo escondiera otro mundo.
Una tarde jugaron a las escondidas para matar el aburrimiento. Las risas llenaron la casa por primera vez en mucho tiempo. A la niña le tocó esconderse y, sin pensarlo, se metió bajo la cama. El aire ahí abajo era distinto, pesado. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, lo vio.
Frente a ella, inmóvil, estaba un gato en estado de putrefacción, con el pelaje apelmazado y los ojos apagados, como si la muerte hubiera decidido quedarse a vivir ahí. La niña gritó y salió de inmediato, raspándose los brazos contra el concreto.
Nadie pareció sorprenderse demasiado. “Se nos olvidó sacarlo”, dijo alguien, encogiéndose de hombros.
Esa noche, la prima pidió dormir con la luz encendida. No por miedo a los animales, sino porque entendió que lo más aterrador de esa casa no era lo que vivía debajo de la cama, sino lo que todos habían aprendido a ignorar.