10/06/2025
Cómo empecé en la fotografía
Creo que todo comenzó cuando llegué a Puerto Vallarta a los 18 años, allá por 2002. En algún momento, alguien me prestó —o tal vez me regaló, no estoy seguro— una cámara desechable. Tomé las 36 fotos que permitía, y cuando me entregaron el revelado, me di cuenta de que muchas salieron mal… pero una que otra tenía algo especial. Hoy me gustaría volver a verlas con otros ojos, pero desafortunadamente las perdí. Después de ese día, pasaron años antes de que volviera a tomar fotos.
Más tarde regresé a la Ciudad de México, y fue ahí donde mi exnovia, “Peluche”, me marcó de una forma inesperada: había tomado clases de foto en la escuela y me enamoré de sus imágenes, de su creatividad, de su forma de ver el mundo. Qué buen recuerdo. No recuerdo si en ese tiempo tomé alguna foto con una cámara distinta a la del celular, pero gracias, Peluche… tú sembraste esa semilla en mí.
Creo que volví a Vallarta entre 2005 y 2006, justo después de la ruptura con ella. Entré a trabajar en el Marigalante, haciendo video —sin saber nada, solo con lo que me entrenaron ahí mismo—, mientras mi hermano tomaba las fotos del abordaje. ¡Mira nada más! Él empezó antes que yo en la fotografía.
Meses después entré a trabajar en Vallarta Adventures, siguiendo la línea del video. Me capacitaron, y me tocaba grabar a los turistas en los barcos o en los tours por tierra. Luego me mandaron a las tirolesas de Canopy, donde también me encargaba del video. Todo era con el enfoque de vender. Así estuve un par de años, hasta que en otro de los tours también había área de fotografía. Me capacitaron lo justo, pero fue ahí donde un gran amigo, Carlos Cerrillo, quien sí había estudiado fotografía formalmente, vio algo en mí. Me empezó a enseñar más a fondo. Me pulió. Él vio esa pasión oculta que yo ni siquiera había notado hasta ahora, mientras escribo esto.
La vida me ha cruzado con tantos artistas generosos que me han enseñado muchísimo… y hoy por fin lo reconozco.
Decidí quedarme en Canopy, solo en video, por comodidad. Hasta que llegó Vincent, un fotógrafo profesional contratado como gerente de foto y video. Traía una idea que, para mí en ese momento, era una locura: meter fotografía en todos los tours. Yo pensaba: “¿Cómo vas a transmitir la misma emoción de un video de 24 fotogramas con solo una foto?” Qué equivocado estaba.
Vincent fue visionario. Lo impusieron, sí, pero yo lo intenté. Y me gustó. Me atrapó la posibilidad de experimentar con mis fotos: buscar ángulos distintos, bajar la velocidad de obturación, evitar el flash, hacer barridos, jugar con la profundidad de campo. Me divertía creando.
Con el tiempo, me ascendieron a supervisor. Dejé de salir a campo y ahora solo revisaba las fotos del equipo. Hasta que me cambiaron de área y entré al mundo de la fotografía en hotelería: sesiones con familias. Para ese momento, yo ya estaba enamorado de la fotografía. Aunque sabía que aún me faltaba mucho por aprender.
Ahí conocí a dos grandes maestros: Ulises Guerrero, quien probablemente me enseñó lo básico mucho antes, y Eder Acevedo, un creativo increíble. Recuerdo que en una ocasión Eder me llevó a una sesión de pareja en Mismaloya. Usaba una Canon 5D Mark II, pero lo que me voló la cabeza fue que no usaba un lente “convencional”, sino un Lensbaby. Me compartió algunos tips, justo cuando se venía mi primera boda como fotógrafo, en 2013.
Todavía conservo algunas de esas fotos y les tengo cariño, a pesar de los errores de postproducción. A partir de ahí, fui experimentando más, aprendiendo de fotógrafos egresados de escuelas formales, que también se convirtieron en inspiración: Lili, Christel, Andrea Chávez y muchos más.
Así empecé mi carrera como fotógrafo de bodas y sesiones… pero yo quería más, aunque en ese entonces no sabía bien qué era ese “más”.
Tenía una GoPro 2 y me encantaba. Poder meterla al mar, llevarla a la playa, experimentar con su gran angular. Me fascinaba la sensación de capturar todo lo que nos rodea, siempre buscando mostrar una emoción real, sincera, del momento.
Y entonces, en 2007, me tocó vivir algo increíble. Eder me pidió un favor: llevar a conocer Puerto Vallarta y sus alrededores a Russell Preston Brown, el director creativo de Adobe. ¡Sí, de las ligas mayores de la fotografía! Eder no podía esos días, así que acepté con toda la emoción del mundo.
Tomé mi Canon, mis lentes 17-40mm y 24-105mm, y salí disparado a su hotel. Lo esperaba en el estacionamiento, pensando que bajaría con una maleta Pelican llena de equipo profesional… pero nada de eso. Russell apareció solo, con un iPhone 8 Plus, un lente Moment y un housing para el teléfono.
¡¿Qué diablos?! ¿Eso era todo?
Yo pensaba: “¿Pero cómo? ¿Un profesional usando solo eso?”
Chico… qué equivocado estaba.
Russell me enseñó una nueva forma de ver la fotografía. Fue él quien me introdujo al mundo de la fotografía móvil. Ese día entendí que no necesitas una cámara carísima alemana, suiza o japonesa para hacer fotos increíbles. Lo que hace la diferencia es el amor, la pasión, las ganas de experimentar con lo que tienes a la mano. Porque la mejor cámara, siempre será la que llevas contigo.
No soy un fotógrafo egresado de una escuela. Soy un fotógrafo que se ha ido moldeando con la vida, con los errores, con los años, con las risas, con las ganas. Me emociono igual si tomo una foto con mi teléfono, con mi cámara profesional o con una cámara de rollo que me regalaron. Soy un fotógrafo que trata de documentar lo real, el instante, lo irrepetible.
Ese soy yo.
Esta es parte de mi pequeña gran historia como fotógrafo.
Más de 15 años jugando con una cámara.
Y por eso creo que la fotografía se trata de eso: de jugar, de experimentar, de imaginar.
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Sal —o no salgas— a tomar fotos. Pero juega. Experimenta. Porque en ese juego está la puerta a la creatividad, a la grandeza, a la felicidad.
La belleza de ver el mundo de otra manera…
Eso es lo que quiero enseñarte.
Ver el mundo como una fotografía irrepetible.
Por; Pablo E. Caballero