08/05/2026
Moral y Dogma del Rito Escocés Antiguo y Aceptado
Grado 32 — Príncipe Sublime del Real Secreto
Por Albert Pike
La Ciencia Oculta de los antiguos Magos nunca fue entregada al vulgo con claridad. Fue escondida bajo las sombras de los Misterios Antiguos, apenas insinuada entre símbolos rotos, deformada por los gnósticos, perseguida bajo acusaciones oscuras contra los Templarios y cubierta después con enigmas tan densos que sólo el ojo preparado puede sospechar lo que guardan.
El Magismo fue la ciencia de Abraham y de Orfeo, de Confucio y de Zoroastro. Sus dogmas fueron grabados en piedra por Hanoch y Trismegisto, no para ser leídos por cualquiera, sino para permanecer vivos bajo el velo. Moisés purificó aquella doctrina y volvió a cubrirla, porque revelar no siempre significa descubrir: muchas veces revelar es vestir la verdad con un velo nuevo, para que sólo la reconozca quien ya trae dentro la clave.
Así nació la Santa Kabalah como herencia reservada, como secreto inviolable de sacerdotes y guardianes. Los Misterios de Tebas y Eleusis conservaron fragmentos de aquella ciencia, pero ya alterados por el tiempo, mezclados con superstición y privados de su llave original. Jerusalén, que tantas veces rechazó a sus profetas y se inclinó ante dioses ajenos, perdió también la Palabra Sagrada. Entonces apareció una señal en el cielo: la Estrella consagrada de la Iniciación, anunciando a los Magos la llegada de Aquel que rasgaría el velo envejecido del antiguo Templo para tejer otro, hecho de símbolos, leyendas y silencios; un velo que todavía oculta la verdad al profano, mientras la conserva intacta para los elegidos.
La memoria de ese Absoluto religioso y científico, de esa doctrina contenida en una sola Palabra, perdida y reencontrada a través de los siglos, fue transmitida a los elegidos de todas las antiguas iniciaciones. Esa misma memoria, guardada o quizá profanada por los Templarios, se convirtió después en la raíz secreta de ciertas fraternidades ocultas, de los Rosacruces, de los Iluminados y de los hermetistas. De ahí nacieron sus ritos extraños, sus signos velados, sus juramentos silenciosos y esa fuerza invisible que une a quienes reconocen la misma llama.
Los gnósticos hicieron que la Gnosis fuera condenada, y el santuario oficial cerró sus puertas a la alta iniciación. Así, la jerarquía del conocimiento quedó herida por la violencia de la ignorancia usurpadora. Y lo que ocurre dentro del Santuario termina reflejándose en el Estado, porque el poder terrenal, quiera o no, siempre busca su consagración en una fuente más alta. Ningún reino permanece si no recibe, desde el Santuario eterno de la Sabiduría divina, la fuerza que lo sostiene.
La Ciencia Hermética de los primeros siglos, cultivada también por Geber, Alfarabius y otros sabios árabes, estudiada por los jefes de los Templarios y conservada en símbolos de órdenes superiores, puede definirse como la Kabalah puesta en acción: la Magia de las Obras. Esta ciencia posee tres realizaciones: religiosa, filosófica y física.
Su realización religiosa funda el verdadero Imperio y el verdadero Sacerdocio, aquellos que no gobiernan únicamente cuerpos, sino inteligencias. Su realización filosófica establece una doctrina absoluta, conocida en todos los tiempos como la Doctrina Santa, de la que Plutarco habla de manera amplia pero siempre oscura en su tratado sobre Isis y Osiris. Su realización física consiste en descubrir y aplicar, dentro del Microcosmos, la pequeña creación humana, la misma ley creadora que puebla sin cesar el gran Universo.
Mide un rincón de la Creación y multiplícalo en proporción: el Infinito entero repetirá sus círculos, llenos de mundos, pasando entre las ramas ideales de tu Compás. Ahora imagina que, desde cualquier punto de lo alto, una mano invisible sostiene otro Compás o una Escuadra. Las líneas del triángulo celeste tendrán que encontrarse con las líneas de la ciencia humana, y de esa unión nacerá la Estrella Misteriosa de Salomón.
Toda hipótesis científicamente probable es apenas el último resplandor del crepúsculo del conocimiento, o su última sombra. La fe comienza donde la razón cae exhausta. Más allá de la razón humana está la Razón divina, que para nuestra debilidad parece absurdo, un Absurdo infinito que nos vence y, sin embargo, creemos. Para el Maestro, el Compás de la Fe está sobre la Escuadra de la Razón; pero ambos descansan sobre la Escritura Sagrada y juntos forman la Estrella Ardiente de la Verdad.
No todos los ojos ven igual. Incluso la creación visible cambia de forma y color según quien la mire. Nuestro cerebro es un libro escrito por dentro y por fuera, y en la mayoría de los hombres ambas escrituras se confunden.
La tradición primera de la revelación única fue conservada bajo el nombre de Kabalah por el sacerdocio de Israel. La doctrina kabalística, que fue también el dogma de los Magos y de Hermes, se encuentra en el Sepher Yetzirah, el Zohar y el Talmud. Según esta doctrina, el Absoluto es el Ser en quien la Palabra existe; y la Palabra es la expresión viva del Ser y de la Vida.
La Magia es lo que es. Existe por sí misma, como las matemáticas. Es la ciencia exacta y absoluta de la Naturaleza y de sus leyes.
La Magia es la ciencia de los antiguos Magos. Y la religión cristiana, que silenció los oráculos mentirosos y derribó los prestigios de los falsos dioses, veneró sin embargo a aquellos Magos venidos de Oriente, guiados por una Estrella, para adorar al Salvador del mundo en su cuna.
La tradición les da también el título de Reyes, porque la iniciación en el Magismo constituye una verdadera realeza. El gran arte de los Magos fue llamado por los adeptos el Arte Real, el Reino Santo, el Sanctum Regnum.
La Estrella que los guio es la misma Estrella Ardiente cuya imagen aparece en todas las iniciaciones. Para los alquimistas es el signo de la Quintaesencia; para los magistas, el Gran Arcano; para los kabalistas, el Pentagrama Sagrado. El estudio de ese Pentagrama no podía sino conducir a los Magos al conocimiento del Nombre Nuevo, aquel que habría de elevarse sobre todo nombre y ante el cual toda criatura capaz de adoración doblaría la rodilla.
La Magia une en una sola ciencia lo más cierto de la filosofía y lo eterno de la religión. Reconcilia lo que al ojo vulgar parece irreconciliable: fe y razón, ciencia y credo, autoridad y libertad. Da al espíritu humano un instrumento de certeza filosófica y religiosa tan exacto como las matemáticas, y revela incluso la razón de la infalibilidad de las matemáticas mismas.
Existe, por tanto, un Absoluto en las cosas de la Inteligencia y de la Fe. La Razón Suprema no abandonó al azar los destellos frágiles del entendimiento humano. Hay una Verdad incontestable. Hay un método infalible para conocerla. Y quien acepta esa verdad como regla puede dar a su voluntad una fuerza soberana, capaz de hacerlo dueño de las cosas inferiores y árbitro de los espíritus errantes; en otras palabras, puede convertirlo en rey invisible del mundo.
La ciencia tiene noches y auroras, porque el mundo intelectual vive bajo movimientos regulados y fases progresivas. Con las verdades ocurre lo mismo que con los rayos de luz: nada de lo que se oculta se pierde, pero nada de lo que se descubre es completamente nuevo. Dios ha querido poner sobre la Ciencia, reflejo de su Gloria, el sello de su Eternidad.
No es en los libros de los filósofos donde deben buscarse las huellas más antiguas de la Ciencia, sino en el simbolismo religioso de los pueblos antiguos. Allí están los restos de los Misterios del Conocimiento. Los sacerdotes de Egipto conocían, mejor que nosotros, las leyes del movimiento y de la vida. Sabían templar o intensificar la acción mediante la reacción. Preveían los efectos porque conocían sus causas.
Las Columnas de Seth, de Enoch, de Salomón y de Hércules simbolizaron en las tradiciones mágicas esta ley universal del Equilibrio. Y la ciencia del equilibrio de las fuerzas condujo a los iniciados al conocimiento de la gravitación universal alrededor de los centros de Vida, Calor y Luz.
Tales y Pitágoras aprendieron en los santuarios de Egipto que la Tierra gira alrededor del Sol. Pero no intentaron hacerlo saber a todos, porque hacerlo habría exigido revelar uno de los grandes secretos del Templo: la doble ley de atracción y radiación, de simpatía y antipatía, de fijeza y movimiento, principio de la Creación y causa perpetua de la vida.
Mientras los filósofos razonaban, los sacerdotes callaban. No respondían a los errores del mundo, ni siquiera sonreían ante ellos. Simplemente escribían, en jeroglíficos capaces de engendrar dogmas y poesía, los secretos de la Verdad.
Cuando la Verdad entra en el mundo, la Estrella del Conocimiento avisa a los Magos, y ellos acuden a adorar al Niño que crea el futuro. La iniciación se obtiene por la inteligencia de la jerarquía y por la práctica de la obediencia. Quien ha comprendido el orden superior no obedece por miedo, sino por reconocimiento.
Las tradiciones ortodoxas fueron llevadas desde Caldea por Abraham. Reinaron en Egipto en tiempos de José junto con el conocimiento del Dios verdadero. Moisés sacó esa ortodoxia de Egipto, y en las tradiciones secretas de la Kabalah encontramos una teología completa, perfecta y única, semejante a lo más elevado del cristianismo, pero con una armonía que el mundo todavía no está preparado para comprender.
El Zohar, llave de los Libros Santos, abre también las profundidades y las luces de las antiguas mitologías y de las ciencias ocultas en los santuarios. Pero para usar esta llave hay que conocer su secreto. Sin él, incluso para los intelectos más penetrantes, el Zohar resulta incomprensible, casi ilegible.
El secreto de las ciencias ocultas es el secreto de la Naturaleza misma: el secreto de la generación de los ángeles y de los mundos, el secreto de la Omnipotencia divina.
“Seréis como los Elohim, conociendo el bien y el mal”, dijo la Serpiente del Génesis. Y el Árbol del Conocimiento se convirtió en Árbol de Muerte.
Durante seis mil años, los mártires del Conocimiento han trabajado y mu**to al pie de ese árbol para que vuelva a convertirse en Árbol de Vida.
El Absoluto, buscado inútilmente por los insensatos y hallado por los sabios, es la Verdad, la Realidad y la Razón del equilibrio universal. El equilibrio es la armonía que nace de la analogía de los contrarios.
Hasta ahora, la humanidad ha intentado sostenerse sobre un solo pie: unas veces sobre uno, otras veces sobre el otro. Las civilizaciones se han levantado y han caído, ya por la locura anárquica del despotismo, ya por la anarquía despótica de la revuelta.
Organizar la anarquía es el problema imposible de los revolucionarios. Es la roca de Sísifo que siempre vuelve a caer sobre ellos. Para existir un solo instante, se ven obligados a improvisar un despotismo sin más razón que la necesidad; y por eso mismo, violento y ciego como la necesidad. Huyendo de la monarquía armoniosa de la Razón, caen bajo la dictadura irregular de la locura.
A veces los entusiasmos supersticiosos, y otras veces los cálculos miserables del instinto materialista, han extraviado a las naciones. Pero Dios empuja al mundo, tarde o temprano, hacia una razón creyente y una creencia razonable.
Hemos tenido demasiados profetas sin filosofía y demasiados filósofos sin religión. Los creyentes ciegos y los escépticos se parecen más de lo que imaginan: ambos están lejos de la salvación eterna.
En el caos de la duda universal, en la guerra entre Razón y Fe, los grandes hombres y los videntes han sido a menudo artistas enfermos, buscando el ideal al precio de su razón y de su vida. Viven esperando una corona, pero son los primeros en desgarrarla y pisotearla, haciendo precisamente aquello que Pitágoras prohibía en sus símbolos admirables.
La Luz es el equilibrio entre la Sombra y la Claridad.
El Movimiento es el equilibrio entre la Inercia y la Actividad.
La Autoridad es el equilibrio entre la Libertad y el Poder.
La Sabiduría es el equilibrio en los pensamientos, que son chispas y rayos del Intelecto.
La Virtud es el equilibrio en los afectos.
La Belleza es la proporción armoniosa de las formas.
Las vidas hermosas son las vidas exactas. Y las magnificencias de la Naturaleza no son otra cosa que un álgebra sagrada de gracias, medidas y esplendores.
Todo lo justo es bello.
Y todo lo bello debe ser justo.
No existe, en verdad, la Nada. No hay vacío mu**to ni espacio deshabitado en el Universo. Lo que los hombres llaman vacío no es sino una región que sus ojos no alcanzan a leer. Desde la superficie más alta de nuestra atmósfera hasta el Sol, desde los planetas hasta las estrellas remotas, la ciencia común ha imaginado durante siglos que entre los mundos sólo había espacio hueco, silencio estéril, ausencia. Pero al comparar el saber finito con el Infinito, los filósofos no saben mucho más que los simios ante las estrellas.
En todo ese supuesto vacío se mueven las Fuerzas infinitas de Dios, cruzándose en direcciones innumerables, yendo y volviendo, obrando sin descanso ni interrupción. Allí actúa la Luz, manifestación visible de lo Invisible. La Tierra y todo cuerpo que no sea centro de luz llevan consigo su cono de sombra mientras giran por los abismos; pero la oscuridad no tiene morada propia en el Universo. Iluminar una esfera por un lado es proyectar sombra por el otro. Así también el Error no es una sustancia por sí mismo, sino la sombra de la Verdad con que Dios ilumina el alma.
En ese mismo “vacío” están también la electricidad misteriosa y activa, el calor secreto y el éter omnipresente. Por voluntad divina, lo invisible se vuelve visible. Dos gases, que por sí solos parecen nada, unidos por una fuerza de Dios y comprimidos bajo ley, se convierten en agua: llenan los mares, corren por ríos y arroyos, brotan de las rocas, caen en lluvia, blanquean la tierra con nieve, endurecen los ríos con hielo y se esconden en depósitos profundos dentro del seno terrestre. Dios manifestado llena toda esa extensión que la ignorancia llama espacio vacío.
En todas partes del Universo, lo que llamamos vida y movimiento nace de un combate continuo entre fuerzas contrarias. Cuando ese antagonismo activo cesa, aparece la inmovilidad, la inercia, la muerte.
Si sólo reinara la Justicia de Dios, que es Severidad, ninguna criatura imperfecta habría podido existir. El hombre, nacido ya con la posibilidad del error, habría sido aniquilado en el mismo instante de su creación. Y no sólo el hombre, sino también los ángeles, porque todo lo creado, por no ser el Creador, participa de alguna limitación. Nada imperfecto habría sido posible.
Pero si, por el contrario, reinara solamente la Misericordia, sin ningún contrapeso, el mal quedaría sin corrección, la falta sin consecuencia, y el Universo caería lentamente en una corrupción sin forma. Por eso todo subsiste por equilibrio. La severidad sin misericordia destruye; la misericordia sin severidad disuelve.
Bastaría que Dios retirara una sola ley de atracción, una sola simpatía química, para que las fuerzas encerradas en la materia se soltaran de inmediato. Todo lo que llamamos sólido se expandiría en gases invisibles, como el agua que, encerrada y sometida al poder del calor, se convierte en v***r y rompe su prisión. La materia no es quietud: es guerra contenida.
Incesantemente, los grandes ríos del aire corren desde el ecuador hacia las regiones heladas y regresan de los polos hacia los dominios ardientes. De esos movimientos inmensos, equilibrados y benéficos, nacen también los tifones, los tornados y los ciclones, cuando las corrientes en conflicto se desgarran unas contra otras. Los vientos suaves y las tempestades furiosas provienen de una misma ley. El fuego no podría calentar si no pudiera quemar. Los venenos más violentos pueden ser también los remedios más poderosos, cuando se administran en proporción exacta. El Mal es la sombra del Bien, inseparable de él mientras exista manifestación.
La Sabiduría divina limita, por equilibrio, la Omnipotencia de la Voluntad divina. De ese límite nace la Belleza, que no es otra cosa que Armonía. El arco no descansa sobre una sola columna: nace del empuje de dos. Así ocurre con la Justicia y la Misericordia, con la Razón y la Fe, con la Fuerza y la Forma.
La teología puramente escolástica, nacida de las categorías de Aristóteles y de las sentencias de Pedro Lombardo, convirtió el pensamiento en mecanismo. Argumentaba sin razonar, respondía a todo jugando con palabras, levantaba tesis sobre tesis como andamios sin templo. No era sabiduría viva, sino autómata filosófico; no era verbo humano, sino voz de máquina, discurso sin alma de un androide intelectual.
Santo Tomás de Aquino derribó con una sola frase ese edificio de palabras cuando proclamó el imperio eterno de la Razón: “Una cosa no es justa porque Dios la quiera; Dios la quiere porque es justa.” Y de ahí se desprende otra verdad: una cosa no es verdadera porque Aristóteles la haya dicho; Aristóteles sólo pudo decirla razonablemente si era verdadera. Busca primero la Verdad y la Justicia, y lo demás te será dado por añadidura.
Es un hermoso sueño de los grandes poetas imaginar que algún día el in****no, vuelto inútil, será cerrado por la expansión del cielo; que el problema del mal recibirá solución final, y que sólo el Bien, necesario y triunfante, reinará en la eternidad. Así enseñaba también cierta doctrina persa: que Ahrimán y sus ministros serían reconciliados al final por mediación de un Redentor, y que todo mal terminaría.
Pero quien sueña eso olvida la ley del equilibrio. Quiere absorber la sombra en una luz sin contraste, y el movimiento en un reposo absoluto que sería la cesación misma de la vida. Mientras exista luz visible, existirá una sombra proporcional a ella. Todo lo iluminado proyecta oscuridad. El reposo sólo puede ser felicidad si está equilibrado por un movimiento contrario. Esta es la ley inmutable de la Naturaleza: la Voluntad eterna de la Justicia que es Dios.
La misma razón que hace necesaria la amargura de las aguas del mar hace también inevitables el dolor y el mal en la humanidad. La armonía sólo nace de la analogía de los contrarios. Lo alto existe porque hay profundidad. Si se llenan los valles, desaparecen las montañas. Si se borran las sombras, se anula la luz, porque la luz sólo se vuelve visible por contraste con la oscuridad. Una claridad absoluta sería otra forma de tiniebla: un deslumbramiento infinito donde nada podría distinguirse.
Incluso los colores existen por la presencia de la sombra. Son la alianza secreta del día y la noche, la imagen luminosa del gran dogma: la Luz hecha Sombra, como el Logos hecho carne. Todo descansa sobre una misma ley, la primera ley de la Creación: la distinción y ponderación armónica de las fuerzas contrarias dentro del equilibrio universal.
Las dos grandes columnas del Templo que simboliza el Universo son la Necesidad y la Libertad. La Necesidad es la Voluntad omnipotente de Dios, que nada puede desobedecer. La Libertad es el libre albedrío de las criaturas. A la razón humana parecen enemigas; pero una inteligencia más alta comprende cómo ambas pueden sostenerse en equilibrio.
La Sabiduría infinita pudo ordenar el Universo y la sucesión de todas las cosas dejando al hombre libre para actuar; y, conociendo de antemano lo que cada uno pensaría y haría, pudo usar incluso sus actos libres como instrumentos de un propósito mayor. Un hombre puede prever que otro hará cierta acción sin obligarlo ni influir en él, y aun así servirse de esa acción para cumplir sus propios fines. Cuánto más podrá hacerlo la Sabiduría infinita.
Dios conoce lo que cada criatura hará, y lo incorpora a su designio sin destruir su libertad. De esa unión nace la Armonía, la tercera columna invisible que sostiene el Santuario. La Voluntad divina no es vencida ni frustrada un solo instante, y sin embargo Dios no fuerza al hombre a hacer el mal. Así permanecen intactas la Victoria, la Gloria, la Estabilidad y el Dominio.
“Yo Soy el que Soy”, dijo Dios a Moisés: Aquel que Es, que Fue y que Será eternamente. Pero Dios en su esencia no manifestada, concebido antes de toda creación y absolutamente solo, no tiene nombre. Así lo enseñaron los antiguos sabios, y así lo declara la doctrina secreta. El Nombre Inefable no designa la esencia desnuda de Dios, sino a Dios manifestado en el acto creador, conteniendo en sí, en idea y en realidad, el Universo entero.
Como Dios jamás dejó de ser, jamás dejó de pensar. Y el Universo no tuvo un comienzo mayor que el pensamiento divino del cual es expresión. Su duración no es más que un punto sobre la línea infinita de la eternidad. Dios no estuvo inerte ni sin crear durante la eternidad anterior a ese punto. El arquetipo del Universo nunca dejó de existir en la Mente divina. La Palabra estaba en el Principio con Dios, y la Palabra era Dios.
El Nombre Inefable no pertenece a la esencia incognoscible, sino al Absoluto manifestado como Ser. Porque existir es ya limitarse, y la Deidad verdadera no está limitada ni definida. Ella es todo lo que puede ser, además de todo lo que es, fue y será.
Al invertir y dividir las letras del Nombre sagrado, se revela su naturaleza doble. Se muestra masculino y femenino, activo y receptivo, fuego y matriz, principio y forma. Allí se esconde el sentido de muchas frases oscuras de la tradición. Allí está la altura suprema de la cual las dos Columnas no son sino símbolos.
“En imagen de la Deidad fue creado el hombre; varón y hembra los creó.” Y el antiguo escritor, simbolizando lo divino por medio de lo humano, dice después que la mujer, primero contenida en el hombre, fue tomada de su costado. Así también Minerva, diosa de la Sabiduría, nació armada del cerebro de Júpiter. Isis fue hermana antes de ser esposa de Osiris. Y dentro de Brahm, fuente sin s**o ni nombre, se desarrolló Maya, madre de todo lo existente.
La Palabra es el Primogénito del Padre. Y el temor reverente ante los Misterios más altos ha impuesto silencio sobre la naturaleza del Espíritu Santo. La Palabra es Luz, y es también la Vida de la humanidad.
Corresponde a los adeptos comprender el sentido de los símbolos.
Mira ahora los antiguos instrumentos colocados sobre el altar del conocimiento: la Escuadra y el Compás. La Escuadra pertenece a las superficies planas; por eso corresponde a la geometría terrestre, a la medición de la Tierra, que los antiguos imaginaron como plano visible. El Compás, en cambio, pertenece a las esferas, a las curvas celestes, a los movimientos de los astros y a las órbitas de los cuerpos planetarios.
La Escuadra es, por tanto, símbolo natural de la Tierra y de las cosas terrenales. El Compás es símbolo de los Cielos y de las naturalezas superiores.
En un antiguo emblema hermético, tomado de la Materia Prima de Valentinus, impreso en Frankfurt en 1613 junto al tratado titulado Azoth, aparece un triángulo sobre un cuadrado, ambos contenidos dentro de un círculo. Sobre ellos, de pie sobre un dragón, se alza un cuerpo humano con dos brazos, pero con dos cabezas: una masculina y otra femenina. Junto a la cabeza masculina está el Sol; junto a la femenina, la Luna, creciente dentro del círculo lunar completo. La mano del lado masculino sostiene el Compás; la del lado femenino, la Escuadra.
Los Cielos y la Tierra fueron personificados como divinidades entre los pueblos antiguos. El Rig Veda contiene himnos dirigidos a ellos como dioses. También los fenicios los divinizaron. Entre los griegos, Urano y Gea, Cielo y Tierra, fueron cantados por Hesíodo como los más antiguos de los poderes.
La Tierra es la gran Madre fecunda, hermosa y generosa. De su seno brotan los frutos, el grano, las flores y todo lo que alimenta a las criaturas. De ella nacen los bosques, los minerales, los ríos, las montañas, los mares llenos de vida. Ella sostiene el fuego doméstico y el fuego sagrado. Por eso fue representada siempre como femenina: Madre grande, abundante, benéfica.
Pero del Cielo vienen la luz y el calor del Sol, y también las lluvias que parecen descender de las alturas. Ellos despiertan la Tierra en primavera, devuelven calor a sus venas enfriadas por el invierno, liberan sus corrientes y fecundan su abundancia. Por eso el Cielo y el Sol fueron entendidos como masculinos: principios generadores que fertilizan la Tierra y la hacen producir.
La figura hermafrodita es el símbolo de la doble naturaleza atribuida antiguamente a la Deidad: generadora y productora, activa y pasiva, padre y madre, rayo y matriz. Así aparece Brahm con Maya, Osiris con Isis, el Sol con la Luna. El Compás representa al principio creador; la Escuadra, a la Tierra productiva, al Universo que recibe, gesta y manifiesta.
Del Cielo proviene en el hombre su parte espiritual e inmortal. De la Tierra, su parte material y mortal. El Génesis hebreo dice que YHWH formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz el aliento de vida. Por las siete esferas planetarias, representadas en la escala mística de antiguas iniciaciones, descendían las almas emanadas de la Deidad para unirse a sus cuerpos humanos; y por esas mismas siete esferas debían ascender de nuevo para volver a su origen y a su hogar en el seno divino.
El Compás, como símbolo de los Cielos, representa en el hombre su parte espiritual, intelectual y moral. La Escuadra, como símbolo de la Tierra, representa su parte material, sensorial e inferior.
“Verdad e Inteligencia”, decía una antigua escuela filosófica de la India, “son atributos eternos de Dios, no del alma individual, que puede conocer o ignorar, g***r o sufrir.” Por eso Dios y el alma individual son distintos. Esta idea antigua llegó hasta nosotros bajo otra forma: la Verdad es un atributo divino y el fundamento de toda virtud.
Mientras está encarnada en la materia, decían aquellos sabios, el alma vive como prisionera y bajo la influencia de pasiones inferiores. Pero al llegar, por estudio profundo y disciplina interior, al conocimiento de los elementos y principios de la Naturaleza, alcanza el lugar de lo Eterno; y en ese estado de felicidad, su individualidad no se pierde.
La vitalidad que anima el cuerpo mortal, el aliento de vida del Génesis, perece con la forma material. Pero el alma es divina: emanación del Espíritu de Dios, aunque no fragmento de su esencia. Los antiguos la comparaban con la luz y el calor que salen del Sol: un rayo que procede de él sin disminuirlo ni dividirlo.
Sea cual sea el modo en que el alma fue creada o revestida de existencia separada, no puede comprender plenamente el misterio de su propio origen. Ni siquiera entiende cómo ese ser compuesto de alma y cuerpo puede sentir dolor, ver, oír, recordar o desear. El Creador puso límites a la razón humana, y más allá de esos límites colocó un velo impenetrable. Las palabras que usamos para hablar de la creación apenas significan esto: que Dios hizo que el Universo comenzara a existir para nosotros.
El antiguo triángulo de perfección contiene también una enseñanza oculta. La base, medida por el número tres, representa lo divino. La perpendicular, medida por el número cuatro, representa la Tierra, lo material y lo humano. La hipotenusa, medida por el cinco, representa la naturaleza nacida de la unión de lo divino y lo humano, del alma y del cuerpo. Los cuadrados de tres y cuatro, nueve y dieciséis, suman veinticinco; y su raíz es cinco, medida de la línea que une los contrarios.
Así, en cada triángulo de perfección, uno es tres y tres son uno. Del mismo modo, el hombre es uno, aunque posea una doble naturaleza. Sólo alcanza el verdadero propósito de su existencia cuando esas dos naturalezas se encuentran en justo equilibrio. Su vida sólo triunfa cuando se vuelve armonía: bella, exacta y proporcionada, como las grandes armonías de Dios y del Universo.
Este, hermano mío, es el verdadero Verbo del Maestro. Este es el Secreto Real: no una palabra pronunciada en voz alta, sino una ley comprendida en silencio. Por ella será posible, y algún día será real, el Santo Imperio de la fraternidad verdadera.
GLORIA DEI EST CELARE VERBUM.
Amén.