El espejo ovalado, el recuerdo de mi abuela reflejada en él mientras yo la observaba ensimismada. El maquillaje sutil con el que perfeccionaba cada parte de su rostro, la sabiduría al resaltar lo mejor de ella. Mi abuela, hija de modista, ya en el año 33 fue belleza en las hogueras de San Juan. Su esbeltez y elegancia magnetizaban, pero lo realmente increíble de ella es que al mirarla a los ojos p
odía sentirse su belleza, ese era su auténtico secreto. Mi madre, la madre más guapa del mundo, dedicó su vida a mimar la piel y dar belleza en su gabinete de estética. Una infancia donde el cuidado y la belleza habitaban nuestras vidas y nos hacia sentir bien. La esencia de aquellos recuerdos ha resultado ser la metáfora de mi vida, la pasión por el maquillaje se ha convertido en su legado, el amor por la estética lo que nos une de madres a hijas.