27/11/2025
Cuando la sociedad se rompe, lo primero que caen son nuestros hijos
El Ecuador amaneció con una noticia que debería sacudirnos hasta la médula. Una joven de 23 años, brillante, disciplinada, con un futuro que prometía más de lo que este país suele permitir, fue asesinada de manera brutal. Y la verdad más dura de todas es esta: los presuntos responsables no son delincuentes de las bandas, no son parte de la criminalidad que solemos señalar. Son jóvenes “normales”, compañeros de universidad, estudiantes como cualquier hijo de cualquier familia ecuatoriana.
Eso debería helarnos la sangre.
Porque este crimen no es un accidente. Es la consecuencia directa de algo que nadie quiere reconocer: la familia en Ecuador está rota. Lo que ocurrió no es el resultado de la consulta, ni del gobierno, ni de la falta de operativos. Es el resultado de años de renunciar al rol más importante que existe: ser padres presentes, responsables y con criterio.
Hemos normalizado que los hijos sean criados por pantallas, por TikTok, por narconovelas, por videojuegos centrados en matar, humillar y destruir. Hemos permitido que los valores se diluyan y que la violencia sea un espectáculo más. Nos hemos convencido de que la fiesta sin límites, el alcohol desde adolescentes y el “todos lo hacen” son parte de crecer. Y mientras tanto, mamá y papá están ausentes, cansados, ocupados o simplemente confiando en que “no va a pasar nada”.
Pero sí pasa. Pasa esto.
Pasa que jóvenes con oportunidades terminan convertidos en agresores.
Pasa que la vida deja de valer.
Pasa que una muchacha inteligente, esforzada y llena de sueños no vuelve a casa porque un grupo de chicos decidió que su cuerpo y su vida no importaban.
Hoy muchos quieren descargar rabia buscando culpables en las autoridades. Es más fácil mirar hacia arriba que hacia adentro. Es más cómodo culpar al Estado que enfrentar la verdad: no estamos criando ciudadanos, estamos criando adultos sin límites, sin empatía, sin responsabilidad y sin noción de lo humano.
Este crimen no es aislado. Es el espejo de una generación expuesta desde la infancia a contenidos violentos, sexualizados, deshumanizantes y a una cultura donde todo está permitido y donde casi nada tiene consecuencias. Es el producto de hogares que ya no conversan, que ya no supervisan, que ya no enseñan, que ya no forman.
Es hora de decirlo sin rodeos:
si la familia no recupera su rol, la sociedad seguirá produciendo tragedias.
No hay policía, ni consulta, ni reforma legal que sustituya lo que se forma en casa.
Cuando la familia falla, todo lo demás es parche.
Esta no es solo la muerte de una joven.
Es la evidencia brutal de nuestro fracaso como sociedad.
Y si no tenemos el coraje de asumirlo, seguiremos enterrando a nuestros hijos, a los buenos y a los que pudieron serlo.
Buen mensaje para analizarlo, como seres humanos y como padres.
Créditos: A quien corresponda