26/06/2026
Costa Rica está perdiendo algo mucho más importante que el dinero... y casi nadie se ha dado cuenta
Costa Rica habla mucho de plata.
Del precio del arroz.
Del dólar.
Del marchamo.
Del alquiler.
Del salario que no alcanza.
De la gasolina.
De las deudas.
De cuánto cuesta vivir.
Y sí, todo eso importa.
Pero tal vez el problema más profundo no es solamente económico. Tal vez Costa Rica está perdiendo algo más grave, más silencioso y más difícil de recuperar:
**la confianza.**
La confianza en el vecino.
La confianza en las instituciones.
La confianza en el futuro.
La confianza en que trabajar duro todavía sirve para algo.
La confianza en que el país va hacia alguna parte.
Porque cuando una sociedad pierde dinero, puede recuperarlo.
Pero cuando una sociedad pierde confianza, empieza a romperse por dentro.
Costa Rica no se está quedando solamente sin poder adquisitivo. Se está quedando sin paciencia, sin comunidad, sin esperanza compartida.
Y eso debería preocuparnos más que cualquier indicador económico.
Hoy muchas personas sienten que trabajan más, pero viven más cansadas. Que estudian más, pero tienen menos oportunidades. Que pagan más, pero reciben menos. Que cumplen, pero el sistema no siempre cumple de vuelta.
Ahí nace una frustración peligrosa.
No una frustración ruidosa solamente.
Una frustración diaria.
La del padre que sale temprano y vuelve tarde sin poder ahorrar.
La de la madre que hace números antes de ir al supermercado.
La del joven que ya no sueña con casa propia.
La del adulto mayor que teme enfermarse.
La del trabajador que siente que todo sube menos su tranquilidad.
Y mientras tanto, el país sigue discutiendo como si el problema fuera únicamente de precios, gobiernos o partidos.
Pero debajo de todo eso hay una pregunta más profunda:
¿Qué pasa con un país cuando su gente empieza a dejar de creer?
Costa Rica envejece, se endeuda, se encarece y se polariza. La población mayor de 65 años se duplicará en los próximos 20 años, según el INEC, y la fecundidad cayó a niveles históricamente bajos. Eso significa menos niños, más adultos mayores y una presión enorme sobre el futuro social y económico del país.
Pero el dato más duro no está solo en las estadísticas. Está en la conversación de la calle.
Antes muchos costarricenses creían que, con trabajo, orden y paciencia, se podía avanzar. Hoy muchos sienten que apenas están resistiendo.
Y cuando resistir se vuelve la forma normal de vivir, el país cambia.
Cambia la manera en que tratamos al otro.
Cambia la forma en que manejamos.
Cambia cómo hablamos en redes sociales.
Cambia cómo vemos al que piensa distinto.
Cambia la relación entre vecinos, clientes, empleados, jefes y autoridades.
Nos volvemos más desconfiados.
Más defensivos.
Más irritables.
Más solos.
Y ahí aparece la verdadera pérdida.
No es solo que todo esté caro.
Es que cada vez cuesta más creer en algo común.
El dinero compra comida, techo y servicios. Pero la confianza sostiene una sociedad. Sin confianza, todo se vuelve sospecha. El vecino molesta. La institución estorba. El funcionario es enemigo. El empresario explota. El trabajador no se compromete. El joven se quiere ir. El adulto mayor se siente abandonado.
Un país puede tener crecimiento económico y, aun así, tener una población emocionalmente agotada. Costa Rica ha mostrado buenos indicadores macroeconómicos en varios años recientes, pero muchas familias siguen sintiendo que el dinero no alcanza y que ahorrar se volvió casi imposible.
Ese contraste es explosivo.
Porque cuando las cifras dicen una cosa y la vida diaria dice otra, la gente deja de creer en los discursos.
Y cuando deja de creer, busca culpables.
Ahí nacen los extremos.
Ahí crecen los gritos.
Ahí muere el diálogo.
Ahí una sociedad empieza a dividirse entre “ellos” y “nosotros”.
Costa Rica no necesita solamente mejores salarios. Necesita reconstruir una promesa.
La promesa de que trabajar vale la pena.
La promesa de que estudiar abre puertas.
La promesa de que pagar impuestos se traduce en servicios.
La promesa de que envejecer no será una condena.
La promesa de que los hijos podrán vivir mejor que sus padres.
Sin esa promesa, el país se convierte en una suma de personas tratando de salvarse solas.
Y esa es quizá la señal más peligrosa de todas: cuando cada quien empieza a pensar únicamente en cómo sobrevivir, ya nadie piensa en cómo construir país.
Costa Rica no está perdida.
Pero sí está en un momento delicado.
Todavía tenemos educación, talento, naturaleza, estabilidad, gente trabajadora y una historia democrática que muchos países quisieran tener. Pero nada de eso se sostiene automáticamente. Los países también se desgastan. Las sociedades también se cansan. La confianza también se quiebra.
Y recuperarla requiere algo más profundo que promesas electorales o frases bonitas.
Requiere liderazgo.
Requiere responsabilidad.
Requiere menos odio.
Requiere más verdad.
Requiere volver a entender que el país no se arregla solo desde arriba, pero tampoco se salva si cada quien se encierra en lo suyo.
Tal vez Costa Rica no está perdiendo solamente dinero.
Tal vez está perdiendo la fe en sí misma.
Y si no hablamos de eso ahora, después no bastará con crecer económicamente, bajar la inflación o mejorar los números.
Porque un país no se mide solamente por cuánto produce.
También se mide por cuánto confía.
Por cuánto cuida.
Por cuánto espera.
Por cuánto cree todavía en su propio futuro.
Y esa, tal vez, es la conversación que Costa Rica necesita tener antes de que sea demasiado tarde.