18/05/2026
Hay fotografías que no retratan el pasado: lo rescatan.
Hoy quiero que rescatemos la memoria de las primeras formas modernas del transporte entre nuestro pueblo y la capital de Colombia.
En esta imagen descansa uno de los testigos más nobles de lo que alguna vez fue el pulso vivo entre Facatativá y Bogotá, una relación latente que hoy se mantiene y ha mutado con el paso de las décadas. Se trata de un ómnibus de tracción animal, un carruaje de caja cerrada, ruedas de madera y flancos pintados a mano con florituras propias del arte republicano. Sobre su costado, con letras que aún resisten el olvido, se lee: “De Facatativá a Bogotá”. Y abajo, el nombre del carruaje: “Ruiseñor”. Arriba, en el pescante elevado, un cochero que sostiene las riendas como quien sostiene el tiempo.
Solo imagina por un momento una Facatativá en la la radio era apenas una ilusión de tierras lejanas. Dónde las noticias solo llegaban por la prensa y la música de antaño decoraba cafetines incipientes.
Este carruaje pertenece al movimiento de modernidad de finales del siglo XIX, cuando Colombia era todavía un país de caminos destapados, donde llegar a Bogotá desde cualquier punto de la sabana era un asunto de paciencia y de fe, con un tren cuyo paso esporádico parecían alejar más a los pueblos. Bogotá era entonces una ciudad casi aislada por la falta de vías de comunicación, y buena parte de los intercambios de mercancías del siglo XIX se hacían utilizando todo tipo de transportes arcaicos. En ese contexto, compañías como la del General Soto realizaban el trayecto desde la Plaza de San Victorino en Bogotá hacia el occidente, conectando con Facatativá, donde una estación de la compañía recibía a los viajeros.
El Ruiseñor era, en su momento, casi un milagro. Los ómnibus, carruajes de tracción animal para el traslado de pasajeros y los coches se convirtieron en fuente de prósperos negocios para quienes supieron ver que la gente necesitaba moverse, que los pueblos de la sabana necesitaban de la capital y que la capital necesitaba los productos, las familias y los sueños que venían desde el occidente de Cundinamarca.
El trayecto entre Facatativá y Bogotá, unos 40 kilómetros de sabana, barro y viento frío, podía tomar horas, y sin embargo la gente subía al Ruiseñor con la dignidad de quien emprende un viaje importante, traje, sombrero y la altura de viajar a un mundo que parecía exigir, sin hacerlo, las mejores fachas.
Cuando pensamos los inicios del transporte de pasajeros pensamos también en nuestros abuelos y bisabuelos y hoy, más de ciento veinte años después, el Regiotram vuelve a tender un hilo entre esos mismos municipios de la sabana y Bogotá, cerrando un círculo que empezó exactamente aquí: en un carruaje jalado por un caballo bayo, conducido por un hombre de gorra que miraba la sabana como si fuera suya.
Hay algo profundamente emotivo en estas fotografías. No es simple nostalgia. Es el reconocimiento de que cada bus o buseta que tomamos hoy o cada vagón de Regiotram que algún día tomaremos, lleva tatuado el recuerdo de aquel carruaje: El Ruiseñor.
Fuentes: Archivo de Bogotá / Señal Memoria.