01/05/2026
No recuerdo el momento exacto en que todo empezó a desmoronarse, pero sí recuerdo el peso de ese día.
El aire era distinto desde la mañana. Más denso. Más pesado. Como si el castillo mismo supiera que algo no iba a salir bien. La tercera prueba del Torneo de los Tres Magos no era un espectáculo… era una sentencia. Y yo, Aiden Thomas Sayre, había decidido enfrentarla como si no tuviera nada que perder.
Tal vez porque, en el fondo, así era.
Cuando crucé la entrada del laberinto, el mundo cambió. Los sonidos del público desaparecieron, tragados por un silencio antinatural. Los setos se cerraron detrás de mí, altos, impenetrables, como muros vivos que respiraban. No era un simple jardín encantado. Era un lugar que observaba. Que juzgaba.
Di el primer paso y sentí magia oscura filtrándose en el aire.
No tardaron en llegar las pruebas. Criaturas que no deberían existir. Hechizos que se deshacían antes de completar el movimiento. Ilusiones que parecían demasiado reales. Pero nada fue tan peligroso como lo que el laberinto hizo con mi mente.
Me mostró cosas.
Recuerdos… o lo que creí que eran recuerdos.
Risas a mis espaldas.
Susurros que se convertían en carcajadas.
Una voz femenina, clara, cortante, repitiendo mi nombre como si fuera una broma.
Allison.
Su nombre apareció en mi mente antes de que pudiera detenerlo. Y con él, una sensación de vergüenza, de impotencia, de algo roto desde hace mucho tiempo.
Apreté la varita con más fuerza.
—No es real —me dije—. No es real…
Pero la magia del laberinto no necesitaba ser real para doler.
Seguí avanzando, tropezando, cayendo, levantándome otra vez. Cada paso me costaba más que el anterior. Sentía el cuerpo más pesado, como si cada error, cada miedo, se acumulara sobre mis hombros.
Hasta que la vi.
La copa.
Al centro del claro, iluminada por una luz fría. Hermosa. Silenciosa. Esperando.
Por un segundo, todo el sufrimiento pareció tener sentido.
Di un paso.
Y entonces el mundo se rompió.
El dolor llegó sin aviso. Brutal. Absoluto. Como si algo dentro de mí se desgarrara sin piedad. Caí al suelo con un grito que ni siquiera reconocí como mío. La varita rodó lejos. Mis manos temblaban, mis pulmones ardían, mi visión se fragmentaba en manchas de luz y oscuridad.
Intenté arrastrarme.
Intenté resistir.
Pero algo me estaba apagando desde dentro.
Mis pensamientos se desordenaron. Las imágenes se mezclaron. La copa… el laberinto… una risa… un nombre…
Allison.
Luego, nada.
—
Dicen que llegué a tocar la copa.
Que, incluso inconsciente, fui declarado ganador.
Que Hogwarts celebró.
Que mi nombre fue gritado entre aplausos.
Pero yo no estuve ahí.
Yo estaba en otro lugar.
Un lugar vacío.
Sin recuerdos.
Sin identidad.
Sin nada.
—
Cuando desperté, lo primero que sentí fue frío.
Un frío profundo, interno, como si algo en mí estuviera incompleto. Abrí los ojos lentamente. La luz me lastimó. Todo estaba desenfocado.
Poco a poco, las formas tomaron sentido.
Camas. Cortinas blancas. Frascos de pociones alineados.
La enfermería.
Y entonces la vi.
Inclinada hacia mí, con los ojos rojos de tanto llorar.
Una chica.
Hermosa… de una manera que me resultó incómoda.
Cuando notó que había despertado, su rostro cambió de inmediato. Esperanza. Alivio. Algo más… algo demasiado intenso.
—Aiden… —susurró, con la voz quebrada—. Pensé que…
Se quedó sin palabras.
La observé en silencio.
Había algo en su mirada que me inquietaba. Como si me conociera demasiado bien.
Como si tuviera derecho a estar ahí.
—¿Quién eres? —pregunté.
El silencio que siguió fue devastador.
—¿Qué… dijiste?
—No sé quién eres —repetí, sintiendo una extraña incomodidad crecer dentro de mí—. ¿Por qué estás aquí?
Sus ojos se llenaron de lágrimas nuevas, más rápidas, más desesperadas.
—Soy… Allison…
El nombre.
Fue como una chispa en un cuarto oscuro.
Y luego, una explosión.
Fragmentos. No recuerdos completos. No escenas claras. Solo sensaciones.
Risas crueles.
Palabras que cortaban.
La sensación de ser menos.
De ser observado.
De ser juzgado.
De ser… nada.
Mi respiración se volvió irregular.
—Tú… —murmuré.
Ella dio un paso hacia mí, temblando.
—Aiden, por favor, hay algo que—
—No te acerques.
Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba.
Más dura.
Más cargada de algo que no entendía del todo.
—Escúchame, yo puedo explicarte—
—¡Dije que no te acerques!
Me incorporé bruscamente, ignorando el dolor que atravesó mi cuerpo. La miré como si fuera una amenaza.
—¿Qué haces aquí? —exigí—. ¿Quién te dio permiso de estar cerca de mí?
—Yo… —su voz se quebró—. Yo estuve contigo todo el tiempo… no me separé de ti…
—¿Por qué?
No supo responder.
O tal vez la respuesta no era la que yo quería escuchar.
Apreté los dientes.
—No recuerdo nada —dije lentamente—. Nada de este lugar. Nada del torneo. Nada de mí.
Ella asintió, llorando.
—Lo sé… pero podemos—
—Pero de ti sí.
El impacto fue inmediato.
Se quedó inmóvil.
—Recuerdo lo suficiente —continué, con la voz cargada de veneno—. Recuerdo lo que eras conmigo.
—Aiden… eso fue antes… yo cambié—
—¿Cambiaste? —reí, sin humor—. ¿De verdad crees que eso importa?
Las imágenes seguían viniendo. No completas. No ordenadas. Pero suficientes.
Humillación.
Soledad.
Rabia.
—¿Sabes qué es lo peor? —añadí, mirándola fijamente—. Que no sé quién soy… pero sí sé cómo me hacías sentir.
Ella negó con la cabeza, desesperada.
—No… no, eso no es justo… yo no soy esa persona ahora—
—Para mí sí lo eres.
El silencio cayó como una sentencia.
—Todo esto… —señalé mi cuerpo, la cama, el vacío en mi mente—. Todo esto es culpa tuya.
—¡No! —dio un paso adelante—. No digas eso, por favor—
—¡CLARO QUE LO ES!
Mi voz retumbó en la habitación.
—Si no te hubiera tenido en mi vida… si no me hubieras hecho sentir así… tal vez ahora… —me detuve, incapaz de terminar la idea—. Tal vez no estaría roto.
Ella estaba llorando abiertamente ahora.
Pero no me importó.
—Dices que me amas —escupí—. ¿Sabes lo que es amar a alguien?
No respondió.
—No es destruirlo.
Mis manos temblaban.
Mi pecho ardía.
—Te odio.
Las palabras salieron claras. Firmes.
Irreversibles.
—Te odio por lo que hiciste. Por lo que me hiciste sentir.
—Aiden, por favor… mírame… —suplicó—. Yo estuve contigo, te cuidé, te elegí… todos los días…
—Pues elegiste tarde.
Eso la rompió.
—Ojalá… —continué, sintiendo la crueldad crecer sin control—. Ojalá te hubieras mu**to tú.
El silencio fue absoluto.
—No yo.
Sus labios temblaron, pero no salió ningún sonido.
—¿A qué viniste? —pregunté, más bajo ahora—. ¿A ver si ya no puedo defenderme? ¿A burlarte otra vez?
—No… —susurró—. Vine porque te amo…
Negué lentamente.
—Vete.
No se movió.
—No quiero verte —añadí—. No quiero saber de ti. No quiero nada que tenga que ver contigo.
—Aiden… podemos arreglarlo… puedo ayudarte a recordar—
—No quiero recordar si eso te incluye a ti.
Eso fue lo último.
Se quedó quieta unos segundos, respirando con dificultad, como si cada segundo ahí fuera una lucha.
Luego asintió.
Muy despacio.
Como aceptando algo que no podía cambiar.
Se dio la vuelta.
Y caminó hacia la puerta.
No miró atrás.
No dijo nada más.
La puerta se cerró con un sonido suave.
Casi respetuoso.
Y entonces…
silencio.
—
Me quedé ahí, mirando el espacio vacío donde había estado.
Intentando sentir algo.
Cualquier cosa.
Pero solo había ese hueco.
Esa mezcla de rabia… y algo más.
Algo que no sabía nombrar.
Cerré los ojos.
Y por un instante…
solo por un instante…
sentí que había perdido algo importante.
Algo que no podía recordar.
Y que, tal vez…
nunca volvería a recuperar.
Allison Lovegood