17/08/2026
Director SUIZO se BURLÓ del artesano de PARACHO en VIVO... 6 meses después le SUPLICÓ de rodillas
"Carpintería de mercadito".
Eso dijo. Y mientras lo decía, soltó la pieza del viejo sobre la mesa sin mirarlo. Después se volteó a la cámara y remató: "Llamarle oficio a esto es ser muy generoso. Es lo que pasa cuando un pueblo no inventa nada propio".
Lo dijo en español despacio para que el viejo lo entendiera sin filtro. Lo dijo con cuatro jóvenes aprendices escuchando desde la puerta. Lo dijo con la esposa del viejo todavía sosteniendo la taza de café que él acababa de rechazar, y lo dijo con la cámara grabando cada segundo.
El suizo se llamaba Klaus Bruner, director del Instituto Suizo de Relojería de Alta Precisión, 54 años, 22 dirigiendo el Instituto más antiguo de Ginebra.
Lo que ese hombre no sabía es que 6 meses después iba a estar de rodillas en el polvo de Paracho suplicándole una pieza al mismo viejo al que llamó carpintero de mercadito.
Se llama Don Tomás Pahuamba, 78 años. 70 con la gubia en la mano en el mismo taller, en la misma calle, en el mismo pueblo de Paracho, Michoacán.
Klaus Bruner aterrizó en Morelia el 14 de septiembre. Llevaba un equipo de filmación de la cadena pública suiza, un camarógrafo, una asistente y Camil Obert, curadora francesa, 29 años. El proyecto se llamaba Artesanías regionales en peligro de extinción.
Klaus ya iba con el desprecio firmado en el contrato.
Tres días antes de subirse al avión, en una entrevista en la televisión cantonal de Berna, le preguntaron por el documental que iba a grabar en Michoacán.
Se rió, cruzó la pierna y dijo mirando a la cámara: "México no tiene relojería, querida. México tiene folklore y el folklore se documenta antes de que se muera de viejo porque después ya es tarde".
Lo dijo riendo como si fuera un chiste de oficina.
Klaus llegó al taller de don Tomás un martes a las 10:20 de la mañana. El taller olía a aceite de linaza y a polvo de madera fina. Don Tomás estaba lijando una pieza pequeña en el banco. Levantó la vista, se quitó las gafas, saludó con la cabeza. Hanna, la nieta de 16 años, hizo las presentaciones.
Klaus no devolvió el saludo. Miró las herramientas colgadas en la pared. Miró el banco de trabajo de madera ennegrecida, miró el piso de tierra apisonada y dijo en voz alta para la cámara: "¿Y esto es lo que llaman relojería aquí?".
Don Tomás no levantó la vista del banco.
Don Tomás le ofreció café. Doña Petra, la esposa, lo trajo en una taza de barro. Klaus la rechazó con la mano sin mirarla.
Klaus empezó a caminar por el taller. Tocaba las herramientas con dos dedos, como quien revisa un mostrador en un mercado de pulgas. Y cuando llegó al estante del fondo, vio una pieza terminada, un mecanismo de cucú hecho enteramente en madera. Don Tomás había tardado 8 meses en hacerlo.
Klaus lo levantó, lo volteó, le movió el engranaje con un dedo sin cuidado y lo dejó caer 3 centímetros sobre la mesa. "Es bonito en el sentido en que es bonito un dibujo de un niño".
Don Tomás escuchó la traducción de Hanna, no dijo nada, tomó un trapo y empezó a limpiar la pieza despacio como quien acaricia a un perro lastimado.
Y aquí vino lo imperdonable. Klaus se volteó hacia la cámara y dijo en alemán, sabiendo que Hanna iba a tener que traducir frente a don Tomás, frente a doña Petra, frente a los aprendices:
"Esto es carpintería de mercadito. Llamarle relojería a esto sería como llamarle cocina a calentar un guisado en el microondas. Estamos documentando una tradición, no un oficio".
Hanna no quería traducir. Doña Petra le tocó el hombro a la nieta. Hanna tradujo...