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03/09/2026
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18/08/2026

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Agenda abierta

17/08/2026
17/08/2026

Huyó con su hija de 5 años y llegó a México… lo que hizo un taxista la hizo llorar.
En medio del aguacero que caía sobre la noche en la Terminal 1 del aeropuerto internacional de la Ciudad de México, las frías luces blancas se reflejaban en el piso mojado.

La gente pasaba a toda prisa, protegida por paraguas y delgados impermeables. Pero una mujer permanecía inmóvil cerca de las puertas automáticas de cristal.

Era Eva, de 34 años, con el cuerpo ligeramente inclinado por el dolor en su pierna izquierda. Una herida antigua de una noche difícil en Kyiv. Cuando hubo un fuerte estruendo cerca de su casa, abrazaba a su hija de 5 años, Sofía, mientras con la otra mano arrastraba una vieja maleta.

La niña, ya empapada, temblaba de frío y cansancio. El agua helada se filtraba en los viejos zapatos de Eva, entumeciendo sus pies.

— Mamá, ¿a dónde vamos? — preguntó Sofía en voz baja, con los ojos llenos de miedo.

Eva forzó una sonrisa, acarició el cabello mojado de su hija y respondió en un español que apenas dominaba:

— Aquí seguro. Buscamos hotel ahora.

Pero por dentro sabía que esas palabras eran una mentira que se había estado repitiendo durante meses. Desde que salieron de Ucrania después de que su esposo partiera bajo los escombros, no le quedaba nada más que Sofía y esta maleta que contenía documentos incompletos, menos de 2,000 pesos mexicanos y el temor profundamente arraigado en su pecho.

Ya la habían rechazado una vez en el mostrador de asistencia de viajes porque sus papeles no estaban completos y no tenía tarjeta para el depósito.

— Por favor, no tenemos lugar, mi hija... frío — intentó explicar Eva en su español entrecortado.

Pero el empleado solo asintió con la cabeza, señaló un letrero y pasó a atender a otros viajeros.

Eva se arrodilló sobre el frío piso, cerca de la salida. Usó su delgada chaqueta para abrazar con más fuerza a Sofía. El agua de lluvia le escurría del cabello al rostro de la niña.

— Tranquila, mi niña, tranquila — susurraba.

México no era el destino que había soñado, era solo el nombre de un país que un amigo había escrito rápidamente en un papel en el campo de refugiados.

— Ve allí primero — le había dicho — Encuentra la manera.

Miró la fila de taxis estacionados. Cada uno tenía un conductor adentro esperando a que pasara la lluvia.

Reunió las pocas fuerzas que le quedaban. Volvió a adentrarse en la lluvia. El agua salpicó hasta sus tobillos. Caminó cojeando hacia el primer coche que vio.

— Por favor, hotel barato — dijo entregando un papel arrugado con el nombre de un hotel económico en las afueras.

El conductor lo miró y negó con la cabeza. Dijo algo rápidamente en español antes de señalar la tabla de tarifas y volver a negar.

Eva se dio la vuelta y regresó. Las lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos, pero se mordió el labio para detenerlas.

— Mami, tengo frío — dijo Sofía sollozando suavemente.

Eva se sentó de nuevo en el suelo frío, cerca de la pared de cristal. Buscó en su bolso, sacó el último trozo de pan duro que quedaba y lo partió para su hija. La niña comió en silencio, sus pequeñas manos temblando.

Pasó casi una hora. Eva sintió que su pierna izquierda comenzaba a entumecerse y a doler aún más.

Entonces escuchó el sonido de un motor acercándose. Un viejo Volkswagen Sedán, un bocho de color verde descolorido, se acercó lentamente. Un hombre de unos 60 años, con el rostro cansado después de conducir todo el día, estaba al volante. Era don Carlos..."CONTINUARÁ 👇"

17/08/2026

Director SUIZO se BURLÓ del artesano de PARACHO en VIVO... 6 meses después le SUPLICÓ de rodillas

"Carpintería de mercadito".

Eso dijo. Y mientras lo decía, soltó la pieza del viejo sobre la mesa sin mirarlo. Después se volteó a la cámara y remató: "Llamarle oficio a esto es ser muy generoso. Es lo que pasa cuando un pueblo no inventa nada propio".

Lo dijo en español despacio para que el viejo lo entendiera sin filtro. Lo dijo con cuatro jóvenes aprendices escuchando desde la puerta. Lo dijo con la esposa del viejo todavía sosteniendo la taza de café que él acababa de rechazar, y lo dijo con la cámara grabando cada segundo.

El suizo se llamaba Klaus Bruner, director del Instituto Suizo de Relojería de Alta Precisión, 54 años, 22 dirigiendo el Instituto más antiguo de Ginebra.

Lo que ese hombre no sabía es que 6 meses después iba a estar de rodillas en el polvo de Paracho suplicándole una pieza al mismo viejo al que llamó carpintero de mercadito.

Se llama Don Tomás Pahuamba, 78 años. 70 con la gubia en la mano en el mismo taller, en la misma calle, en el mismo pueblo de Paracho, Michoacán.

Klaus Bruner aterrizó en Morelia el 14 de septiembre. Llevaba un equipo de filmación de la cadena pública suiza, un camarógrafo, una asistente y Camil Obert, curadora francesa, 29 años. El proyecto se llamaba Artesanías regionales en peligro de extinción.

Klaus ya iba con el desprecio firmado en el contrato.

Tres días antes de subirse al avión, en una entrevista en la televisión cantonal de Berna, le preguntaron por el documental que iba a grabar en Michoacán.

Se rió, cruzó la pierna y dijo mirando a la cámara: "México no tiene relojería, querida. México tiene folklore y el folklore se documenta antes de que se muera de viejo porque después ya es tarde".

Lo dijo riendo como si fuera un chiste de oficina.

Klaus llegó al taller de don Tomás un martes a las 10:20 de la mañana. El taller olía a aceite de linaza y a polvo de madera fina. Don Tomás estaba lijando una pieza pequeña en el banco. Levantó la vista, se quitó las gafas, saludó con la cabeza. Hanna, la nieta de 16 años, hizo las presentaciones.

Klaus no devolvió el saludo. Miró las herramientas colgadas en la pared. Miró el banco de trabajo de madera ennegrecida, miró el piso de tierra apisonada y dijo en voz alta para la cámara: "¿Y esto es lo que llaman relojería aquí?".

Don Tomás no levantó la vista del banco.

Don Tomás le ofreció café. Doña Petra, la esposa, lo trajo en una taza de barro. Klaus la rechazó con la mano sin mirarla.

Klaus empezó a caminar por el taller. Tocaba las herramientas con dos dedos, como quien revisa un mostrador en un mercado de pulgas. Y cuando llegó al estante del fondo, vio una pieza terminada, un mecanismo de cucú hecho enteramente en madera. Don Tomás había tardado 8 meses en hacerlo.

Klaus lo levantó, lo volteó, le movió el engranaje con un dedo sin cuidado y lo dejó caer 3 centímetros sobre la mesa. "Es bonito en el sentido en que es bonito un dibujo de un niño".

Don Tomás escuchó la traducción de Hanna, no dijo nada, tomó un trapo y empezó a limpiar la pieza despacio como quien acaricia a un perro lastimado.

Y aquí vino lo imperdonable. Klaus se volteó hacia la cámara y dijo en alemán, sabiendo que Hanna iba a tener que traducir frente a don Tomás, frente a doña Petra, frente a los aprendices:

"Esto es carpintería de mercadito. Llamarle relojería a esto sería como llamarle cocina a calentar un guisado en el microondas. Estamos documentando una tradición, no un oficio".

Hanna no quería traducir. Doña Petra le tocó el hombro a la nieta. Hanna tradujo...

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