17/10/2026
Y entonces ¿para quién estamos construyendo y embelleciendo nuestros espacios públicos?
¿De qué sirve tener parques bonitos, paseos renovados y espacios que atraigan visitantes, si las propias personas de Espita sienten que no tienen derecho a disfrutarlos? ¿De qué sirve presumir la riqueza cultural de nuestro pueblo si, al mismo tiempo, dejamos fuera a quienes forman parte de esa misma riqueza?
Ser Pueblo Mágico no debería significar que nuestra gente tenga que hacerse a un lado para que el pueblo luzca bonito. Tampoco debería significar que una persona que busca ganarse la vida honradamente sea vista únicamente como un problema que debe retirarse.
Detrás de esa palangana hay una historia, una necesidad, una familia y, posiblemente, el esfuerzo diario de una mujer que busca salir adelante con su trabajo. Antes de ver una venta en un espacio público, también deberíamos ser capaces de ver a la persona que está detrás de ella.
Por supuesto, los espacios públicos necesitan reglas, orden y cuidado. Pero también necesitamos preguntarnos si esas reglas contemplan la realidad de nuestra gente, si existen alternativas para quienes viven del comercio y si se aplican con sensibilidad, justicia y criterios claros.
El orden no debería estar peleado con la dignidad. El turismo no debería estar por encima de la comunidad. Y el embellecimiento de un pueblo no debería convertirse en una barrera para quienes lo habitan.
Espita no es solamente sus calles bonitas, sus edificios, sus tradiciones o sus atractivos turísticos. Espita también son sus mujeres trabajadoras, sus vendedores, sus artesanos, sus campesinos y todas esas personas que, con su esfuerzo cotidiano, mantienen viva la identidad de nuestro pueblo.
La magia de Espita no puede medirse únicamente por la belleza de sus espacios, sino también por la manera en que tratamos a nuestra gente.
Quizá hoy la pregunta no sea solamente si estaba permitido o no vender en ese paseo. La pregunta más importante es: ¿estamos construyendo un Pueblo Mágico para que nuestra comunidad prospere junto con él, o estamos construyendo una imagen bonita en la que nuestra propia gente ya no encuentra un lugar?
Porque un pueblo verdaderamente mágico no es aquel que solamente deslumbra a sus visitantes, sino aquel que también abraza, respeta y ofrece oportunidades a quienes lo llaman hogar.
Que la magia de Espita no se quede en sus paisajes. Que también se refleje en la justicia, la empatía y las oportunidades para su gente.