04/05/2026
Digo que hay hombres cuya biografía no cabe en los datos, ni en los títulos, ni siquiera en las genealogías ilustres que podrían, en apariencia, explicarlos. Ernesto Galván Péramo pertenece a esa estirpe escurridiza: la de quienes se desbordan. Intentar fijarlo en una definición es como querer apresar el agua entre los dedos; algo siempre se escapa, algo esencial se resiste.
Uno podría empezar por lo evidente: su condición de intelectual, su disciplina como académico, su oficio de compositor, su mirada entrenada como crítico de arte. Pero eso sería apenas el umbral, una antesala demasiado ordenada para alguien cuya riqueza verdadera radica en las múltiples vidas que habitan en él y que, lejos de contradecirse, dialogan con una armonía que no deja de sorprender.
Porque Ernesto no es solo lo que hace, sino —y sobre todo— cómo lo hace.
Quien haya compartido con él una conversación lo sabe: hay en su manera de hablar una cadencia rara, un equilibrio entre la precisión y la calma, como si cada palabra hubiese sido previamente sopesada en una balanza invisible. No hay estridencias, no hay urgencias; hay, en cambio, una serenidad que contagia, que desarma, que invita a permanecer. Escucharlo durante horas no fatiga: al contrario, produce esa forma discreta de felicidad que solo nace del diálogo verdadero.
Y sin embargo, esa mansedumbre no debe confundirse con pasividad. Hay en él una voluntad firme, casi obstinada, de crear, de acompañar, de sostener. En el Instituto Pedagógico de Holguín —donde ha dejado buena parte de su vida— su presencia no es la de un simple profesor, sino la de un formador en el sentido más amplio: alguien que no solo transmite conocimientos, sino que modela sensibilidades, despierta inquietudes, siembra preguntas.
Tal vez en esa vocación silenciosa se encuentre una de las claves de su aparente paradoja: su obra musical, vasta y elaborada, permanece prácticamente desconocida en su propio país. En otro contexto, esa invisibilidad sería motivo de resentimiento o de retirada. En él, en cambio, parece haber sido transformada en otra cosa: en paciencia, en una suerte de fidelidad íntima a su propio impulso creador, como si la necesidad de hacer fuese más poderosa que la necesidad de ser reconocido.
No deja de ser irónico —y también revelador— que alguien emparentado con la memoria luminosa de Los Zafiros, ese cuarteto que marcó una época, haya elegido, o aceptado, transitar un camino más discreto, menos expuesto, casi subterráneo. Pero quizás ahí resida también su coherencia: en no confundir nunca la trascendencia con la visibilidad.
Quienes lo conocen de cerca hablan, además, de su generosidad: de ese trabajo minucioso, casi artesanal, con el que acompaña a jóvenes artistas, organiza exposiciones, construye espacios donde otros puedan mostrar lo que apenas comienza a nacer. Es una labor que no suele ocupar titulares ni discursos oficiales, pero que, en el fondo, sostiene la vida cultural con la misma eficacia de una raíz invisible.
Y es que Ernesto Galván Péramo parece pertenecer a esa categoría rara de seres humanos que no conciben la cultura como un ornamento, sino como una responsabilidad.
Por eso, cuando se piensa en él —más allá de sus méritos, de sus cargos, de sus vínculos— lo que emerge no es una figura distante, sino la imagen de un hombre cercano, amable, profundamente humano. De esos amigos que llegan tarde a la vida —demasiado tarde, uno piensa— pero cuya presencia se vuelve, desde el primer instante, irrenunciable.
En tiempos donde la prisa y el ruido suelen imponerse, hay algo casi subversivo en su manera de estar en el mundo: esa capacidad de escuchar, de decir sin alzar la voz, de sostener sin exhibirse. Como si su verdadera obra no fuese solo la que escribe o compone, sino la que deja —sin proponérselo— en quienes tienen la fortuna de cruzarse en su camino.
Quizás por eso, desearle un cumpleaños feliz resulta, en el fondo, un gesto insuficiente. Lo que uno querría, más bien, es que el tiempo —ese juez caprichoso— le conceda lo esencial: salud para seguir creando, lucidez para seguir pensando y, sobre todo, esa inagotable capacidad de amar que, en su caso, no es una abstracción, sino una práctica cotidiana.
Porque hay hombres que pasan por la vida.
Y hay otros —pocos— que la enriquecen sin hacer ruido. Ernesto, sin duda, pertenece a estos últimos.
Muchas felicidades 💐